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| Un matrimonio de orígen español, quienes se establecieron en la provincia de Córdoba, comenzaron a darle forma a su familia en el barrio de Villa Azalais. Allí, en el año 1948, Manuel Cánovas y Ana Rodriguez trajeron al mundo a su pequeño hijo Manuel Mauricio. Desde los 8 años, Manolito, tal cual era su apodo desde niño, comenzó a estudiar acordeón, en gran medida al incentivo por parte de Ana, su madre. Desde pequeño su pasión por la música fue lo que marco su vida. A los 14 años viajó a Buenos Aires, dónde formó parte de un grupo de Cumbia. Y luego de aquella aventura, la cual le dejara una enorme experiencia y de la cual se vería transformado en un excelente acordeonista y pianista. Con muchas ideas y sueños. Por consejo de sus abuelos y tíos, quienes viajaron hasta el puerto del Río de la plata, decidió volver a su Córdoba amada. Era el año 1966, y Manolito con 18 años recién cumplidos volvía a pisar “La Docta" pero con la convicción de que nada sería facil en su camino a convertirse en hombre, un hombre capaz de muchas cosas. A mediados de los '70, estando Manuel en una reunión ocasional, se encontró con el afamado Carlitos “Pueblo” Rolán, quien fuera uno de los baluartes en la masificación y aceptación de la música cordobesa en todo el país. El mismo Rolán le sugirió entonces que formara una orquesta típica de cuartetos, con lo cual Manuel volvería al ruedo, a su mundo. Inteligentemente hizo caso a las palabras sabias de un maestro como Rolán, y formó la banda, “Sucundín”. Con ella tuvo un regular éxito, pero suficiente como para que su nombre fuera reconocido en un mundillo donde nombres como “Cuarteto Leo”, “Cuarteto de Oro”, Carlos “Pueblo” Rolán eran lo más “grande”. En la época que el "nuevo" grupo Chebere tuvo que cambiar su nombre por el de "Trulalá" y hacer de grupo soporte de las entonces encumbradas "Las Chichis", Manolo le aportaba a Videla, Lugones y compañia, sus composiciones. Esta relación artística no demoró en convertirse en amistad. Y como muestra de aquella amigable relación Chebere-Cánovas, los fundadores de la banda decidieron cederle los derechos sobre el nombre "Trulalá" para que cuando Manolito lo deseara, usara el mismo en su propia banda. Continuó su carrera con otras experiencias, aunque no todo era tan sencillo como parecía, y éxitos y fracasos se sucedían, uno tras otro. Más de una vez se vio en bancarrota. Pero era lo material que se derrumbaba, pues sus sueños de grandeza, sus sueños de ser respetado e idolatrado, eso no se desmoronaba. Y cada traspié, cada golpe y cada desgracia no lo amilanaban, sino que se llenaba de valor, experiencia, orgullo y mucha fuerza para seguir. Todas armas que usaría después. Luego del relativo éxito de “Sucundín” tuvo dos experiencias más: “Jerónimo” y “Cuore”, este último quizás sea su mejor momento desde que volviera a la música. Luego volvería a formar “Sucundín” teniendo como cantante a Marito Gutiérrez, quien habia ganado un concurso de “La Mona” Jimenez. Finalmente entrada ya la década de los 80's, se disolvió definitivamente. ¿Frivolidad, querer ser famoso, reconocido?, En Manolito no, su deseo era hacer música primero. Segundo y ya que tanto amaba su “Cuarteto Cordobés”, dejar una marca imborrable en el folklore, no solo de Córdoba, sino de toda la Argentina. Salió a la búsqueda de otro camino, no tardó mucho en encontrarlo, pero aquello merece ser tratado ya en otro capitulo. Y su vida siguió y sus sueños de a poco se fueron cumpliendo. Hasta que un día, acompañado y apoyado por su gran amigo Emeterio Farias, decide iniciar el camino definitivo hacia la gloria que tanto anhelo. |
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